Si alguna vez pensaste que «si no duele, no funciona», vale la pena romper con esa idea. Es de las creencias más extendidas sobre el masaje y también de las que más gente aleja de la camilla.
El dolor no es medida de eficacia
Un masaje busca soltar tensión y ayudarte a descansar. Nada de eso requiere que lo pases mal. De hecho, cuando la presión pasa cierto umbral el cuerpo hace lo contrario de lo que se busca: se contrae para defenderse. Terminas más tenso que cuando entraste.
Cuándo sí es normal sentir molestia
En un descontracturante, al trabajar sobre una zona muy cargada, es esperable sentir una presión intensa. Hay una diferencia entre eso y el dolor: la presión intensa se puede respirar. El dolor no.
Esa es la referencia práctica y sirve para cualquier sesión: si estás conteniendo la respiración o apretando los puños, es demasiado. Y decirlo no arruina nada — la terapeuta prefiere mil veces que hables a que aguantes.
Cómo saber si el masaje es el adecuado para ti
- Habla al inicio y durante. Es la única forma de que la presión se ajuste a ti.
- El objetivo es alivio, no resistencia. Salir adolorido de la sesión no es señal de que funcionó.
- Distintos masajes, distintas intensidades. El relajante es fluido y parejo; el terapéutico aplica más presión en puntos concretos, pero sin llegar al dolor.
Si en algún momento evitaste reservar por miedo a pasarla mal, esto es lo que hay que saber: la sesión se adapta a ti, no al revés.
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